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"Me he gastado el noventa por ciento de mi dinero en alcohol y mujeres. Es resto lo he despilfarrado" (George Best)
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jueves, 28 de junio de 2012

Sólo ganar



Apostar por España era, hasta un antaño muy cercano, exponer los ojos ante un viento hirviente que hacía zigzag sangrante entre las cuencas de los ojos, o lo que es lo mismo, hacer un ridículo de serie. Su cura más rápida era la de siempre, al fondo a la derecha, donde la capilla. Pasaba un Mundial, llegaba una Eurocopa, y la selección seguía siendo el mismo chiquillo falto de crianza por el que el olor a fracaso entraba por las rejillas de la indiferencia de una nación que renunciaba al fiasco anterior para invertir en uno nuevo. España acababa cada campeonato abrazando a un mapa y explicándole entre sollozos que no creía en el destino. Ese que ahora le ha devuelto la sonrisa a la boca, después de haber sido víctima de bulling y de automutilación en muchos casos; la selección ponía siempre la mejilla hoobbiana para recibir, la de ser mala por naturaleza. Ahora España es un donjuán que sabe ganar hasta cuando no lo merece, como el concejal de urbanismo que se encuentra con la bonoloto premiada. En todo lo que llevamos de Eurocopa el juego de la selección –me niego a eso de La Roja- se ha enredado no sólo en lo futbolístico, también en lo sentimental. Hasta los minutos finales de la prórroga de ayer y los penaltis no noté a este equipo como mío, como lo que había sido esa España que nos hizo repasar el árbol genealógico de Al Ghandur o por la que algunos madridistas lloraban por la sangre de un Luis Enrique, vestido de metáfora de guerra, que aun no había tomado el puente aéreo ni era el hijo blanco de Amunike. Y todo el mundo sabe porqué este equipo ha sido abandonado por una parte del merenguismo y secuestrado por el moralismo de la idea única de juego, de quien precisamente no ha sentido a España nunca como suya.

Ayer muchos madridistas vivían una lucha interna entre desear que ganara España, Portugal, Cristiano o que Pepe le atizara a Xavi, por haber sacado la lengua a pasear más veces que la escoba. Pepe se equivocó otra vez y le hizo un masaje chino con las rodillas a su compañero de club para que no se olvide de él durante las vacaciones. Los gritos de “Messi, Messi” ante los fallos de Cristiano no ayudaban a que uno deseara ir con los de rojo antes que con los de blanco. Era como llevar la piel de un Urkullu encima. Finalmente, como una obligación patriótica, España me hizo tragar el discurso catequista de la Barsa-España, sobre todo, cuando los pilares de esta Euro están mucho más cerca de Chamartín de lo que creían algunos. Ramos, Alonso y Casillas los más decisivos de lo que llevamos; este último sólo, podría desmontar el argumento del estilo, porque siempre le hacen aparecer. Al otro lado ya se ve a un Xavi que gira el tobillo entre las notas musicales de Canción de Despedida. Los hechos dieron por respuesta que se jugó mejor el tiempo que no estuvo en el campo. Vicente sigue a lo suyo; lo de Negredo evidenciaba no saber lo que quiere; lo de Llorente es ya para relato de ficción, ¿no tendrá Del Bosque alguna sobrina en Bilbao que haya echado el ojo el rubito de Rincón de Soto? Y entre ese tikitaka que intenta tapar un catenaccio moral llegamos a la tanda de penaltis. Ramos metió las pulsaciones al bolsillo del calzón, que anoche florecía más ancho de lo habitual. Digamos que se jugó su vida deportiva con la determinación de un genio loco, y le salió. Destrozó el ingenio de eso que se llama Twitter. Que descansen en paz sus chistes sobre el penalti fallado en la caché de google. Fábregas, para repetir hazaña, lanzó el último que nos mete en la final entre susurros al balón. 

lunes, 11 de junio de 2012

Por el pase muere el gol



En el pensamiento de la mística guardiolesca el fútbol es un deporte de once contra once en el que sólo juegan centrocampistas. Pero hasta el propio Pep, de vez en cuando echa un borrón al relato de su figura y entre su ideal de fútbol socialdemócrata y amigo de los niños pone a un delantero centro. En el Barça el Messi es el todo y en España el todo no es un solista. Por eso Del Bosque eligió mal, aunque en sus posaderas no se desprendiera ni una de las flores que tiene pegadas como hipervínculos y como resultado el único que marcara fuera el falso nueve. La suerte del campeón, esa que dicen. De no haber ganado ni Eurocopa ni Mundial quién sabe si todos hubieran sido Salinas ante el gol. Sin 9 todo es un infinito rondo y una invitación constante a apretarle las tuercas al pase sin generar peligro. Por eso, mientras Italia tira de atajos para ganar campeonatos España se tropieza con el gol entre el zumbido de sus pases. Pirlo, que tiene un poco de español tiquitaquero y otro poco de italiano recto, hizo fácil lo que otros pretenden hacer en fascículos. España reaccionó como un amante a los pies de la cama gracias al pensamiento rápido de Silva. Al marqués sólo le quedaba acertar con los cambios porque el equívoco ya cantaba mucho, pero ni con esas. Navas salió antes, en suntuosa cabalgada para  meterle los centros a las sombras de los defensas italianos, porque por allí no había ningún delantero. España ensortijada de rematadores y Del Bosque proyectando la peli antes que los tráilers. El que salió finalmente fue el que lo remata todo, pero fuera. Ahí fue cuando el protagonismo lo tomó Torres. El niño empezó a encontrar espacios con la misma facilidad que un adolescente se enamora; abriendo defensas puso cordura al ataque de la Selección pero Torres sigue sin ser Torres, sólo un primo lejano. Su potencia sin definición empieza a ser tema de monólogos en Paramount Comedy. Y encima el césped como un escalope pasado por el microondas. Pobre Xavi. 

martes, 5 de junio de 2012

Xavi, el humilde



A la humanidad se la puede disculpar con un argumento que a los anunciantes tanto les gusta utilizar: la mayoría no puede equivocarse. Eso que convierte en neurótico a quién un día dijo que la siesta era un invento para hacer frente a un partido del Barcelona o la idea de que los culés, como la banca, ganan hasta cuando pierden. Dentro de este discurso ufano, dónde lo importante es el entorno, vive ese Xavi que tiene la lengua pegada a una homilía que acepta la misma oposición que Kim Jong II o el que inventó la frase dos y dos son cuatro. A veces, nos recuerda esta situación al taxista que intenta explicar al borracho que Barrio Sésamo no aparece en el callejero. Porque, volviendo al concepto, lo que le importa a Xavi es el entorno y por eso sigue en su tarea de romper aguas en cada entrevista. A Guardiola siempre le gustó la farándula literaria del fútbol, la puesta en escena, siempre bien arreglada, como en la boda de un buen amigo. Por eso Xavi ha sido un producto del guardiolismo pero con defecto de fábrica en la retórica. Guardiola sí ha sido ese político que ha sabido siempre morder con la boca cerrada para acabar diciendo lo contrario de lo que piensa. Entre el pensamiento del Pep cabía también lanzar dardos al rival, pero siempre desde un humanitarismo de bidé, utilizando la palabra de un fino insultador, como si Quevedo le estuviera susurrando en cada rueda de prensa aunque en el campo el de Sampedor perdiera los nervios como Bankia las acciones; pero con disimulo y murmurando al oído del linier.

Xavi, que fue el discípulo predilecto de Pep, le superó en su fútbol. Dónde Guardiola veía un hueco, Xavi encontraba dos. A mí lo que más me gusta de Xavi es aquel balón que puso en la cabeza de Puyol ante Alemania o aquel espacio que vio para Torres en la Euro de 2008 que sirvió para quitarle a España los complejos. Lo que me cansa es ese Xavi que no ha superado un trauma, como el del niño pequeño o el del nacionalismo catalán con la idea de que España les roba hasta las mujeres guapas. Los pases del de Terrasa dan la hora mientras se sitúa al otro lado de la mampara con el dedo acusador a por el que no respeta su ideal del fútbol-amor. Un ideal cada día más lastrado por unos años que ya no le perdonan y que obliga a España a jugar más lento. La humildad para Xavi no es una realidad, sino una novela por escribir que nunca escribirá. Mientas ha dedicado una parte de su vida al fútbol, la otra la ha gastado en arremeter contra el Madrid. Xavi cuando habla de humildad pronuncia la palabra prepotencia, porque no es humilde quién lo va repitiendo y luego le invita a Lass Diarrá a llevarse el balón porque su equipo no lo ha tocado en 90 minutos o le recuerda a Arbeloa, en una de aquellas tanganas, que él “le hizo campeón con lo malo que es”. De tanto repetir que saben perder se le ha olvidado que nunca supieron ganar. Aquellas manitas de Piqué que le devolvieron el tortazo acompañado de los acordes del “boti, boti, boti”. Lo realmente gracioso es pensar que tampoco supieron perder cuando a Mourinho le caían las gotas de unos aspersores encendidos con malicia mientras Valdés salió a por él a espantarle los mosquitos. A uno también se le viene a la cabeza porque Alves le pisó el muslo a Cristiano en el último clásico, ese muslo que es lo que realmente ha desquiciado al Barsa este año. Para todo lo demás, cosas del fútbol y no discursos de clubes libres de pecado.

Xavi, que debió sufrir mucho sus seis iniciales años en Primera cuando fue más intranscendente  que la invención del pan integral, sólo le queda echar azufre en las botas de Arbeloa, Alonso, Ramos o Albiol para purificar el escupitajo al fútbol que, para él, hacen los jugadores madridistas. En vísperas de misa, con el atuendo de la selección puesto, ha vuelto a sacar la lengua y a remover el batiburrillo entre los seleccionados madridistas y culés. La suerte para ese vestuario es que le queda poco para poner la lengua en el congelador y tiempo para reflexionar sobre su figura. La arcada que le han cogido algunos madridistas a la selección se debe a actitudes como las de Xavi. Menos mal que siempre nos quedan los Erkorekas y Anasagastis para desear que España gane. Y si se pierde, la culpa es de Mourinho.

lunes, 14 de mayo de 2012

Una liga irrepetible



A Mourinho le caen los récords como el confeti por sus canas, esos blancos mechones, como la pureza del club que comanda que ya ha hecho la mejor liga de su vida. Ha sido ésta una liga de calculadora científica- 121 goles-, de números redondos- 100 puntos- y sin clavos ardiendo. Sólo hubo un par de momentos donde parecía que el Madrid se acatarraba, lo que algunos aprovecharon para sacar un pasatiempo que es muy común entre el madridismo de barra de bar, la de coleccionar títulos y crisis en una misma semana. Pero cuando el campeonato apretaba esfínteres sucedió lo que los detractores  no esperaban que hiciera Mou, como ganar en el Camp Nou. Algo que no entraba en las quinielas y que derruía por completo el concepto de que para no ganarle a los culés ya estaba Pelegrini, con el que se vivía mejor en el pequeño país de ahí arriba y además hacía sobremesa en el Txistu. Eso, el concepto, señorío y tiempos majos de octavos de final. Hasta la llegada de Mourinho el enfermo fue dando tumbos hasta que se encontró con él. El enfermo era el Madrid, pero una vez lo fue el Oporto, otra el Chelsea y otra un pordiosero Inter que llevaba sin ganar la Copa de Europa desde que Dertycia, aquel protagonista de las ligas de Tenerife, mataba la sed con biberones. Antes de la llegada del portugués todo esto era campo, un recinto de egos siempre a medio construir, huérfano de un Claudio Abbado para mover la batuta sin la sensación de parecer estar matando moscas. Al míster que llegara al Bernabéu le regalaban el puesto sin contrato de permanencia, podía borrar con el codo lo que escribiera con la mano. La cuestión era hacer y deshacer, la sensación de que las cosas buenas no se repiten y las malas te queman el timbre como el cartero cabrón.

Ha sido también una liga de madridismo sumergido, de un pequeño pueblo que ha nacido en las redes sociales y foros, impulsado por el poder de agrupación de Twitter, ese gigante capaz de derribar muros de hormigón que llevan ahí toda la vida. Gente apalancada capaz de mover y remover estados de opinión como el que da vueltas con la cuchara por el plato sabiendo que no se va a tomar el puré, porque no le gusta y por joder, que es una profesión muy española y llena de valores, esa palabra tan prostituía en los últimos tiempos, y no por el Madrid, sino por los que la utilizan sin saber que denota. Como si Juanito o Don Santiago, a los que se les pone como representantes del jodido señorío hubieran dudado en algún momento en tomarse una caña con Mourinho. Ellos fueron los mauriñistas del pasado y entonces también se les embistió, pero no se acuerdan. Precisamente al madridismo se le ha atacado este año dónde creen que más le duele, en el señorío, ese dogal en el cuello para mantenerle callado mientras las lunas de los autocares siguen rompiéndose al mismo ritmo que un rapero entona la voz. Como si Buyo nunca hubiese tenido que tragar el humo de los petardos que le tiraban en Pamplona, Hierro nunca se hubiese dado de hostias con Rivaldo y Hristo nunca hubiera pisado en el muslo a Quique Flores. Por eso el Madrid no sólo ha ganado la liga, ha goleado en la batalla mediática de la Red, ha reclutado a unos activistas que vivían bajo las sombras pero que cada vez tienen más peso, ha despertado a una parte del madridismo de girasol que subía y bajaba del caballo a la misma velocidad que el metro no para por Chamberí, ha plantado cara a una prensa contrincante que tenía el ochenta por ciento de posesión en fabulaciones, ha conseguido la regularidad en un fútbol que no se veía por el Bernabéu desde tiempos vetustos y lo más importante, ha destronado por fin al Barcelona y mandado a Guardiola al sabatismo, esperando a un nuevo Pelegrini para volver. Mientras tanto disfrutemos de Mourinho y este equipo que ya regresarán tiempos peores, porque siempre vuelven, como el Madrid. 

martes, 1 de mayo de 2012

El beso del becario



A José Callejón no se le apareció Fátima cuando le dijeron que iba a ser futbolista como a Dani Guizá se le iluminó al alma cuando le dijeron que no tenía que ser albañil. `Calleti´ tuvo que escuchar en algún momento cuando ensanchaba el muslamen en alguno de los vestuarios de La Fábrica la frase lapidaria de Samuel Eto´o, aquella de “trabajar como un negro para vivir como un blanco”. Si no es así, entendió desde el principio que lo suyo no iba a ser la del becario que se bebe los cafés antes de llegar a la mesa del jefe. Quizá otros chicos de Motril buscaron el milagro bajando al moro a por otra religión para que algún día Agustín Herrerín les saludara al saltar a un terreno de juego. Callejón fue de los que entendió el mensaje antes y sabe que el mejor amigo del banquillo no es el que se resigna a dejarlo limpio con una nalga y llevarse el churrete en la otra. En la cara de José Callejón se perfila un rostro de jugador prenatal y granuja; en su actitud un canto a la prosapia, al temple de un delantero, extremo o mediapunta que no le pillan los radares cuando camina hacia el gol, al niño que sube las bolsas contenedoras de la comida más pesada y llega con las manos como Jesucristo escupiendo clavos entre las falanges. Callejón es futbolista como podía haber sido cocinero, ingeniero naval, alcalde de Marinaleda o picapedrero; capaz de hacer una paella con la yema de un huevo. Ese chico modélico que siempre espera su oportunidad, y si no la tiene, sigue esperando.

Muchos quisieron ver en su llegada a Pedro León reencarnado, como a ese tipo duro de banquillo desprendiendo una mirada cortante a su entrenador cada vez que se olvida de él en el último cambio, como si una mala experiencia fuera a repetirse tal quien sigue resolviendo pasatiempos a los que no encuentra sentido. Otros lo quisieron utilizar como complemento a las escobas de su peluquería cuando le vieron aparecer por primera vez con esa cresta de Paul Phoenix, la imagen de un resulón de barrio pendenciero, con las chanclas y los oros, que dista de la imagen de un Callejón que se ha ganado un puesto entre el último de la fila y el primero del banquillo. Ahí dónde cae la primera sombra en un estadio se encuentra el andaluz buscando su oportunidad entre un tridente de ataque que bate récords al ritmo que un plusmarquista cierrabares tarda en pedir la primera caña. Por eso su oportunidad de esperar no es eterna; no le hace falta esperar porque sabe que nunca será titular en un Madrid como este y que por ello debe aprovechar cada bocanada de aire que toma dentro del campo. Sus goles, en su mayoría, no han sido decisivos como los de Cristiano o Benzema, pero sí la perfecta guinda del Martini que acompaña a un buen vermú, de eso que sabe bien Guti. A veces se suelta la idea de que un suplente es un número más que va a quedarse excluido de la nueva nobleza; no para este muchacho. Cuando los minutos eran sobras Callejón salía de la cueva con el rostro marchoso abriendo huecos como quién cava zanjas, y lo más glorioso: metiendo goles. 13 de momento. José Callejón es el suplente modélico de Mourinho, el becario que llega para no marcharse; sus besos al escudo una copla de madridismo.  

domingo, 22 de abril de 2012

Volver a reinar



El miedo había llamado demasiadas veces a la puerta de un equipo de espigados vuelos citado a hacer algo importante para la historia del fútbol. Hasta ahora, un mismo embarazo no deseado, salvo una final de copa, había sido la tumba que enterraba al Madrid en cada desafío ante el eterno rival, más eterno que nunca en los últimos años, esa pesadilla que acosa al que busca buenos sueños. El fútbol no es tanto táctica como sí control de emociones y el grupo de Mourinho decidió aterrizar los miedos en el mejor escenario. Como una patada en la boca en mitad de la trastienda del casino por contar las cartas, en el momento exacto para escapar de los improperios de la prensa quintacolumnista. Mourinho impuso el nuevo orden mundial sobre un tapete de tintes rasurados, como les gusta en Can Barsa, tocando en la fibra con inteligencia y sin la sensación de volver a caer en la insania tras el empate de Alexis después de mil rebotes. En el momento elegido Cristiano provocó el silencio como ese amigo que jamás traiciona, pegó un revolcón a los corazones allí presentes y construyó un muro de esperanza, algo que hasta el momento no habíamos visto: ganar en el Campo Novedoso. En semana de expropiaciones Cristiano nacionalizó el trono del fútbol mundial, subió a lo más alto desde que está en el Madrid, ese escaño que el fútbol le debe. Un fenómeno producto de la natulareza frente a un fenómeno producto de laboratorio.

Fue el partido un grito a las reivindicaciones, un suplemento especial guardado para los acusadores. Khedira y Coentrao rieron como guasones, era su día, momentazo para coser bocas discrepantes. El sumun de la ironía que el alemán hiciera el gol 109 y que el portugués le pusiera la correa a Alves, que acabó buscando el hueso entre los valors y la humildat. El otro depredador es Pepe, condenado por los novios del fúPbol a abandonar el Madrid,  los mismos que no ven el enorme central que se esconde en la imagen que le han puesto de parricida que descuartizó a su padre. Ofuscada una parte de la culerada que no soporta que el fútbol-amor no triunfe como antaño, con un estilo como una cinta sin cara B, esos diez tipos que se pasan el balón con el mismo riesgo que comprar bonos alemanes. La insistencia de que el Barcelona debe morir fiel a un sobeteo que invita a la cabezada ciega a quién no acepta que el fútbol no salió de la cuna en 2008 y que la posesión no levanta trofeos. Usted es sospechoso si le gustan las transiciones rápidas, la verticalidad, la quinta velocidad de CR7 por la banda, la pausa de Benzema, los correcalles de Di María, los contraataques quijotescos y los tres toques para plantarse en la portería rival. Gracioso, sí, pero el mensaje ha calado en muchos. “No saben jugar al fútbol” escuché a un culé en TV3. “Nosotros sabemos perder, somos así”, dice Xavi. “Al Barcelona se le gana quitándole la pelota o trucando las condiciones”, señala ese mismo muchacho. Pues va a ser que no. El Barsa muere con su estilo, dicen. Pues que siga muerto.

domingo, 1 de abril de 2012

Goles contra la inquina



Para el Madrid las victorias en campos hostiles ya no equivalen a desprender una espada de una roca. Se siente campeón entre brasas o entre abrigos. Tocaba ayer el más pesado, el Reyno de Navarra, infierno dónde uno se aprieta los dientes y se muerde la lengua, como si la grada invitara a un debate dialéctico. Una porfía sobre quien hace de tenor en el agravio hijoputesco. La pasión se confunde con bravata, como el inspector Santos confundía disparar a individuos con lanzar pétalos a la Esperanza de Triana. No habrá paz para los madridistas en el Sadar, ni dejando una manita en la cara del adversario. Entre la fauna que se puede encontrar por allí hay algo más que la presión intimidatoria hacia un equipo de fútbol. Detrás de esa banda sonora de insultos, salivazos y granizos de papel de aluminio hay unas caras inyectadas en odio. Pero odio del bueno, del que lleva pedigrí. Bien se explica que toda esa fobia a lo merengue rime con unos genes corrompidos de sangre batasunera. Ahí va todo junto. El que mama odio hacia España lo tiene que hacer hacia el Madrid. Sorprende, en tanto, que los límites de esa tirria lleguen al resto del estadio, como si todo lo malo de Navarra se juntara en un mismo sitio, a sabiendas que el resto de la comunidad no bebe del mismo vaso. Poco representa Osasuna a los navarros. Si hasta un niño tiene que aguantar los berridos de un deficiente con las venas del cuello como un cantaor de flamenco es que algo se hace mal en ese estadio. El remedio llegará tarde, como siempre.

El Madrid despachó rápido a Osasuna, como el camarero que quiere cerrar pronto. A los jugadores no les preocupó esta vez la emboscada vietnamita que se cocinaba desde el anfiteatro. Sólo fútbol. Lo puso todo el Madrid y los de Mendilíbar nunca dieron señas de poder frenar ese ímpeto del equipo blanco por ser campeón. El ruido lo provocaron tres bombazos en la primera parte. Goles con sello de calidad. Abrió el marcador Benzema entre la sonrisa de Marco Van Basten y a los pocos minutos apagó las calderas Cristiano con otro chicarrazo. Un buen azote en el culo de los que dejan los dedos marcados varios días, como remedio para acallar a la cuota de odio. Después se repartió con Higuaín los otros dos goles. Era un día hasta para quitarse los complejos; clavó, por fin Cristiano, un gol de falta. Parece mentira, que los dos empates contra Málaga y Villareal hicieran tanto daño en el devenir de una liga que ya estaba comprando billete a Cibeles. Seis puntos es una diferencia que  hace reír. Es poca. El único accidente se puede producir en el Camp Nou, otro desmayo sería enterrarse los pies en cemento. El Madrid acabó la jornada goleando en uno de esos campos donde no pretende ser amado. Goles son amores, menos en el Reyno de la infamia. 

jueves, 29 de marzo de 2012

El ministro de la verdad



El Barcelona, que es un equipo al que se le permite beber Cardhu de un grifo tiene a un entrenador al que leer entre líneas empieza a ser como limpiar las gotitas de orín que se quedan en la taza. Cuesta por pereza, pero uno se acostumbra. Son años de experiencia en el manejo. Pep destila demasiada picardía y clase para hablar de los cuatreros de negro, más caldo de lo primero seguramente. Anoche se puso otra vez el traje del doblepensar para esquivar la actuación arbitral. Yo sólo medito, que otros se quejen por mí es el mensaje. Una excelente táctica sino fuera porque la novela de 1984 la tenemos más que releída. Él tiene a sus pluriempleados para protestar, de manera estructural, claro, que para eso pertenecen al Partido. Pero a este no se le culpará de utilizarles como escudo humano. El día que a Guardiola se le haga una autopsia moral a la misma altura que a Mou a Cándido Méndez le dejarán de oler las barbas a nécora. Pero ese es otro tema, es imposible de tocar, básicamente porque no nos dejan. Si al Barça no le pitan como está escrito en la hoja de ruta ahí están ellos, los chicos del Ministerio de la Verdad. Y aunque en esa cartera el Gandhi de Las Ramblas es el Gran Hermano (aprovechando los símiles) tiene a sus sacristanes. Ahí está ese Freixa como portavoz sobre el tablado de una rueda de prensa y Xavi como el periodista Fernando Ónega, esos tipos que están en todas partes. Luego va el resto, que trabajan a turnos. No hay nada más gracioso que escuchar a Alves llamar perdedores a quien pone excusas y a la siguiente que tiene protestar por un penalti. O a un Valdés diciendo entre una sonrisilla picarona de interior que ya cansa la actuación arbitral mientras al fondo de la zona mixta el holograma de una peineta le susurra: ¡Stamford Bridge, cabrones!. No hay nada como la memoria de espumillón. Así es fácil que el barcelonismo beba su ginebra de la victoria, su triunfo en la propaganda de comunicación que hace años tiene ganada. Esas pequeñas telepantallas en cada hogar que repiten como loros: El Barça es paz. La libertad es tiki-taka. La ignorancia es mourinhismo. Que al fin al cabo es antimadridismo. E una obsesione, ¿se acuerdan? Al margen de que es difícil alargar más una mentira de que para querer a la pelota hay que amasarla tanto que a uno le da tiempo a freírse unas patatas con níscalos entre rondito y rondito, el Barcelona tiene la capacidad de alargar todo. También las quejas, porque se quejan, como todos. Pero con prensa a favor, que es lo fácil. No tenemos a un Winston Smith en Barcelona, pero sí a un Goldstein en la capital. Es lo que toca.