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"Me he gastado el noventa por ciento de mi dinero en alcohol y mujeres. Es resto lo he despilfarrado" (George Best)

jueves, 28 de junio de 2012

Sólo ganar



Apostar por España era, hasta un antaño muy cercano, exponer los ojos ante un viento hirviente que hacía zigzag sangrante entre las cuencas de los ojos, o lo que es lo mismo, hacer un ridículo de serie. Su cura más rápida era la de siempre, al fondo a la derecha, donde la capilla. Pasaba un Mundial, llegaba una Eurocopa, y la selección seguía siendo el mismo chiquillo falto de crianza por el que el olor a fracaso entraba por las rejillas de la indiferencia de una nación que renunciaba al fiasco anterior para invertir en uno nuevo. España acababa cada campeonato abrazando a un mapa y explicándole entre sollozos que no creía en el destino. Ese que ahora le ha devuelto la sonrisa a la boca, después de haber sido víctima de bulling y de automutilación en muchos casos; la selección ponía siempre la mejilla hoobbiana para recibir, la de ser mala por naturaleza. Ahora España es un donjuán que sabe ganar hasta cuando no lo merece, como el concejal de urbanismo que se encuentra con la bonoloto premiada. En todo lo que llevamos de Eurocopa el juego de la selección –me niego a eso de La Roja- se ha enredado no sólo en lo futbolístico, también en lo sentimental. Hasta los minutos finales de la prórroga de ayer y los penaltis no noté a este equipo como mío, como lo que había sido esa España que nos hizo repasar el árbol genealógico de Al Ghandur o por la que algunos madridistas lloraban por la sangre de un Luis Enrique, vestido de metáfora de guerra, que aun no había tomado el puente aéreo ni era el hijo blanco de Amunike. Y todo el mundo sabe porqué este equipo ha sido abandonado por una parte del merenguismo y secuestrado por el moralismo de la idea única de juego, de quien precisamente no ha sentido a España nunca como suya.

Ayer muchos madridistas vivían una lucha interna entre desear que ganara España, Portugal, Cristiano o que Pepe le atizara a Xavi, por haber sacado la lengua a pasear más veces que la escoba. Pepe se equivocó otra vez y le hizo un masaje chino con las rodillas a su compañero de club para que no se olvide de él durante las vacaciones. Los gritos de “Messi, Messi” ante los fallos de Cristiano no ayudaban a que uno deseara ir con los de rojo antes que con los de blanco. Era como llevar la piel de un Urkullu encima. Finalmente, como una obligación patriótica, España me hizo tragar el discurso catequista de la Barsa-España, sobre todo, cuando los pilares de esta Euro están mucho más cerca de Chamartín de lo que creían algunos. Ramos, Alonso y Casillas los más decisivos de lo que llevamos; este último sólo, podría desmontar el argumento del estilo, porque siempre le hacen aparecer. Al otro lado ya se ve a un Xavi que gira el tobillo entre las notas musicales de Canción de Despedida. Los hechos dieron por respuesta que se jugó mejor el tiempo que no estuvo en el campo. Vicente sigue a lo suyo; lo de Negredo evidenciaba no saber lo que quiere; lo de Llorente es ya para relato de ficción, ¿no tendrá Del Bosque alguna sobrina en Bilbao que haya echado el ojo el rubito de Rincón de Soto? Y entre ese tikitaka que intenta tapar un catenaccio moral llegamos a la tanda de penaltis. Ramos metió las pulsaciones al bolsillo del calzón, que anoche florecía más ancho de lo habitual. Digamos que se jugó su vida deportiva con la determinación de un genio loco, y le salió. Destrozó el ingenio de eso que se llama Twitter. Que descansen en paz sus chistes sobre el penalti fallado en la caché de google. Fábregas, para repetir hazaña, lanzó el último que nos mete en la final entre susurros al balón. 

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