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"Me he gastado el noventa por ciento de mi dinero en alcohol y mujeres. Es resto lo he despilfarrado" (George Best)

domingo, 1 de abril de 2012

Goles contra la inquina



Para el Madrid las victorias en campos hostiles ya no equivalen a desprender una espada de una roca. Se siente campeón entre brasas o entre abrigos. Tocaba ayer el más pesado, el Reyno de Navarra, infierno dónde uno se aprieta los dientes y se muerde la lengua, como si la grada invitara a un debate dialéctico. Una porfía sobre quien hace de tenor en el agravio hijoputesco. La pasión se confunde con bravata, como el inspector Santos confundía disparar a individuos con lanzar pétalos a la Esperanza de Triana. No habrá paz para los madridistas en el Sadar, ni dejando una manita en la cara del adversario. Entre la fauna que se puede encontrar por allí hay algo más que la presión intimidatoria hacia un equipo de fútbol. Detrás de esa banda sonora de insultos, salivazos y granizos de papel de aluminio hay unas caras inyectadas en odio. Pero odio del bueno, del que lleva pedigrí. Bien se explica que toda esa fobia a lo merengue rime con unos genes corrompidos de sangre batasunera. Ahí va todo junto. El que mama odio hacia España lo tiene que hacer hacia el Madrid. Sorprende, en tanto, que los límites de esa tirria lleguen al resto del estadio, como si todo lo malo de Navarra se juntara en un mismo sitio, a sabiendas que el resto de la comunidad no bebe del mismo vaso. Poco representa Osasuna a los navarros. Si hasta un niño tiene que aguantar los berridos de un deficiente con las venas del cuello como un cantaor de flamenco es que algo se hace mal en ese estadio. El remedio llegará tarde, como siempre.

El Madrid despachó rápido a Osasuna, como el camarero que quiere cerrar pronto. A los jugadores no les preocupó esta vez la emboscada vietnamita que se cocinaba desde el anfiteatro. Sólo fútbol. Lo puso todo el Madrid y los de Mendilíbar nunca dieron señas de poder frenar ese ímpeto del equipo blanco por ser campeón. El ruido lo provocaron tres bombazos en la primera parte. Goles con sello de calidad. Abrió el marcador Benzema entre la sonrisa de Marco Van Basten y a los pocos minutos apagó las calderas Cristiano con otro chicarrazo. Un buen azote en el culo de los que dejan los dedos marcados varios días, como remedio para acallar a la cuota de odio. Después se repartió con Higuaín los otros dos goles. Era un día hasta para quitarse los complejos; clavó, por fin Cristiano, un gol de falta. Parece mentira, que los dos empates contra Málaga y Villareal hicieran tanto daño en el devenir de una liga que ya estaba comprando billete a Cibeles. Seis puntos es una diferencia que  hace reír. Es poca. El único accidente se puede producir en el Camp Nou, otro desmayo sería enterrarse los pies en cemento. El Madrid acabó la jornada goleando en uno de esos campos donde no pretende ser amado. Goles son amores, menos en el Reyno de la infamia. 

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