Para el Madrid las victorias en campos hostiles ya no
equivalen a desprender una espada de una roca. Se siente campeón entre brasas o
entre abrigos. Tocaba ayer el más pesado, el Reyno de Navarra, infierno dónde
uno se aprieta los dientes y se muerde la lengua, como si la grada invitara a
un debate dialéctico. Una porfía sobre quien hace de tenor en el agravio
hijoputesco. La pasión se confunde con bravata, como el inspector Santos
confundía disparar a individuos con lanzar pétalos a la Esperanza de Triana. No
habrá paz para los madridistas en el Sadar, ni dejando una manita en la cara
del adversario. Entre la fauna que se puede encontrar por allí hay algo más que
la presión intimidatoria hacia un equipo de fútbol. Detrás de esa banda sonora
de insultos, salivazos y granizos de papel de aluminio hay unas caras
inyectadas en odio. Pero odio del bueno, del que lleva pedigrí. Bien se explica
que toda esa fobia a lo merengue rime con unos genes corrompidos de sangre batasunera.
Ahí va todo junto. El que mama odio hacia España lo tiene que hacer hacia el
Madrid. Sorprende, en tanto, que los límites de esa tirria lleguen al resto del
estadio, como si todo lo malo de Navarra se juntara en un mismo sitio, a
sabiendas que el resto de la comunidad no bebe del mismo vaso. Poco representa
Osasuna a los navarros. Si hasta un niño tiene que aguantar los berridos de un
deficiente con las venas del cuello como un cantaor de flamenco es que algo se
hace mal en ese estadio. El remedio llegará tarde, como siempre.
El Madrid despachó rápido a Osasuna, como el camarero que quiere
cerrar pronto. A los jugadores no les preocupó esta vez la emboscada vietnamita
que se cocinaba desde el anfiteatro. Sólo fútbol. Lo puso todo el Madrid y los
de Mendilíbar nunca dieron señas de poder frenar ese ímpeto del equipo blanco
por ser campeón. El ruido lo provocaron tres bombazos en la primera parte.
Goles con sello de calidad. Abrió el marcador Benzema entre la sonrisa de Marco
Van Basten y a los pocos minutos apagó las calderas Cristiano con otro
chicarrazo. Un buen azote en el culo de los que dejan los dedos marcados varios
días, como remedio para acallar a la cuota de odio. Después se repartió con
Higuaín los otros dos goles. Era un día hasta para quitarse los complejos;
clavó, por fin Cristiano, un gol de falta. Parece mentira, que los dos empates
contra Málaga y Villareal hicieran tanto daño en el devenir de una liga que ya
estaba comprando billete a Cibeles. Seis puntos es una diferencia que hace reír. Es poca. El único accidente se
puede producir en el Camp Nou, otro desmayo sería enterrarse los pies en
cemento. El Madrid acabó la jornada goleando en uno de esos campos donde no pretende ser amado.
Goles son amores, menos en el Reyno de la infamia.
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