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"Me he gastado el noventa por ciento de mi dinero en alcohol y mujeres. Es resto lo he despilfarrado" (George Best)

martes, 1 de mayo de 2012

El beso del becario



A José Callejón no se le apareció Fátima cuando le dijeron que iba a ser futbolista como a Dani Guizá se le iluminó al alma cuando le dijeron que no tenía que ser albañil. `Calleti´ tuvo que escuchar en algún momento cuando ensanchaba el muslamen en alguno de los vestuarios de La Fábrica la frase lapidaria de Samuel Eto´o, aquella de “trabajar como un negro para vivir como un blanco”. Si no es así, entendió desde el principio que lo suyo no iba a ser la del becario que se bebe los cafés antes de llegar a la mesa del jefe. Quizá otros chicos de Motril buscaron el milagro bajando al moro a por otra religión para que algún día Agustín Herrerín les saludara al saltar a un terreno de juego. Callejón fue de los que entendió el mensaje antes y sabe que el mejor amigo del banquillo no es el que se resigna a dejarlo limpio con una nalga y llevarse el churrete en la otra. En la cara de José Callejón se perfila un rostro de jugador prenatal y granuja; en su actitud un canto a la prosapia, al temple de un delantero, extremo o mediapunta que no le pillan los radares cuando camina hacia el gol, al niño que sube las bolsas contenedoras de la comida más pesada y llega con las manos como Jesucristo escupiendo clavos entre las falanges. Callejón es futbolista como podía haber sido cocinero, ingeniero naval, alcalde de Marinaleda o picapedrero; capaz de hacer una paella con la yema de un huevo. Ese chico modélico que siempre espera su oportunidad, y si no la tiene, sigue esperando.

Muchos quisieron ver en su llegada a Pedro León reencarnado, como a ese tipo duro de banquillo desprendiendo una mirada cortante a su entrenador cada vez que se olvida de él en el último cambio, como si una mala experiencia fuera a repetirse tal quien sigue resolviendo pasatiempos a los que no encuentra sentido. Otros lo quisieron utilizar como complemento a las escobas de su peluquería cuando le vieron aparecer por primera vez con esa cresta de Paul Phoenix, la imagen de un resulón de barrio pendenciero, con las chanclas y los oros, que dista de la imagen de un Callejón que se ha ganado un puesto entre el último de la fila y el primero del banquillo. Ahí dónde cae la primera sombra en un estadio se encuentra el andaluz buscando su oportunidad entre un tridente de ataque que bate récords al ritmo que un plusmarquista cierrabares tarda en pedir la primera caña. Por eso su oportunidad de esperar no es eterna; no le hace falta esperar porque sabe que nunca será titular en un Madrid como este y que por ello debe aprovechar cada bocanada de aire que toma dentro del campo. Sus goles, en su mayoría, no han sido decisivos como los de Cristiano o Benzema, pero sí la perfecta guinda del Martini que acompaña a un buen vermú, de eso que sabe bien Guti. A veces se suelta la idea de que un suplente es un número más que va a quedarse excluido de la nueva nobleza; no para este muchacho. Cuando los minutos eran sobras Callejón salía de la cueva con el rostro marchoso abriendo huecos como quién cava zanjas, y lo más glorioso: metiendo goles. 13 de momento. José Callejón es el suplente modélico de Mourinho, el becario que llega para no marcharse; sus besos al escudo una copla de madridismo.  

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