A José Callejón no se le apareció Fátima cuando le dijeron
que iba a ser futbolista como a Dani Guizá se le iluminó al alma cuando le
dijeron que no tenía que ser albañil. `Calleti´ tuvo que escuchar en algún
momento cuando ensanchaba el muslamen en alguno de los vestuarios de La Fábrica
la frase lapidaria de Samuel Eto´o, aquella de “trabajar como un negro para
vivir como un blanco”. Si no es así, entendió desde el principio que lo suyo no
iba a ser la del becario que se bebe los cafés antes de llegar a la mesa del
jefe. Quizá otros chicos de Motril buscaron el milagro bajando al moro a por
otra religión para que algún día Agustín Herrerín les saludara al saltar a un
terreno de juego. Callejón fue de los que entendió el mensaje antes y sabe que
el mejor amigo del banquillo no es el que se resigna a dejarlo limpio con una
nalga y llevarse el churrete en la otra. En la cara de José Callejón se perfila
un rostro de jugador prenatal y granuja; en su actitud un canto a la prosapia,
al temple de un delantero, extremo o mediapunta que no le pillan los radares cuando
camina hacia el gol, al niño que sube las bolsas contenedoras de la comida más
pesada y llega con las manos como Jesucristo escupiendo clavos entre las
falanges. Callejón es futbolista como podía haber sido cocinero, ingeniero
naval, alcalde de Marinaleda o picapedrero; capaz de hacer una paella con la yema
de un huevo. Ese chico modélico que siempre espera su oportunidad, y si no la
tiene, sigue esperando.
Muchos quisieron ver en su llegada a Pedro León reencarnado,
como a ese tipo duro de banquillo desprendiendo una mirada cortante a su
entrenador cada vez que se olvida de él en el último cambio, como si una mala
experiencia fuera a repetirse tal quien sigue resolviendo pasatiempos a los que
no encuentra sentido. Otros lo quisieron utilizar como complemento a las
escobas de su peluquería cuando le vieron aparecer por primera vez con esa
cresta de Paul Phoenix, la imagen de un resulón de barrio pendenciero, con las
chanclas y los oros, que dista de la imagen de un Callejón que se ha ganado un
puesto entre el último de la fila y el primero del banquillo. Ahí dónde cae la
primera sombra en un estadio se encuentra el andaluz buscando su oportunidad
entre un tridente de ataque que bate récords al ritmo que un plusmarquista
cierrabares tarda en pedir la primera caña. Por eso su oportunidad de esperar
no es eterna; no le hace falta esperar porque sabe que nunca será titular en un
Madrid como este y que por ello debe aprovechar cada bocanada de aire que toma
dentro del campo. Sus goles, en su mayoría, no han sido decisivos como los de
Cristiano o Benzema, pero sí la perfecta guinda del Martini que acompaña a un
buen vermú, de eso que sabe bien Guti. A veces se suelta la idea de que un
suplente es un número más que va a quedarse excluido de la nueva nobleza; no
para este muchacho. Cuando los minutos eran sobras Callejón salía de la cueva
con el rostro marchoso abriendo huecos como quién cava zanjas, y lo más
glorioso: metiendo goles. 13 de momento. José Callejón es el suplente modélico
de Mourinho, el becario que llega para no marcharse; sus besos al escudo una
copla de madridismo.
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