A Mourinho le caen los récords como el confeti por sus canas,
esos blancos mechones, como la pureza del club que comanda que ya ha hecho la
mejor liga de su vida. Ha sido ésta una liga de calculadora científica- 121
goles-, de números redondos- 100 puntos- y sin clavos ardiendo. Sólo hubo un
par de momentos donde parecía que el Madrid se acatarraba, lo que algunos
aprovecharon para sacar un pasatiempo que es muy común entre el madridismo de
barra de bar, la de coleccionar títulos y crisis en una misma semana. Pero
cuando el campeonato apretaba esfínteres sucedió lo que los detractores no esperaban que hiciera Mou, como ganar en
el Camp Nou. Algo que no entraba en las quinielas y que derruía por completo el
concepto de que para no ganarle a los culés ya estaba Pelegrini, con el que se
vivía mejor en el pequeño país de ahí arriba y además hacía sobremesa en el
Txistu. Eso, el concepto, señorío y tiempos majos de octavos de final. Hasta la
llegada de Mourinho el enfermo fue dando tumbos hasta que se encontró con él.
El enfermo era el Madrid, pero una vez lo fue el Oporto, otra el Chelsea y otra
un pordiosero Inter que llevaba sin ganar la Copa de Europa desde que Dertycia,
aquel protagonista de las ligas de Tenerife, mataba la sed con biberones. Antes
de la llegada del portugués todo esto era campo, un recinto de egos siempre a
medio construir, huérfano de un Claudio Abbado para mover la batuta sin la
sensación de parecer estar matando moscas. Al míster que llegara al Bernabéu le
regalaban el puesto sin contrato de permanencia, podía borrar con el codo lo que
escribiera con la mano. La cuestión era hacer y deshacer, la sensación de que
las cosas buenas no se repiten y las malas te queman el timbre como el cartero
cabrón.
Ha sido también una liga de madridismo sumergido, de un
pequeño pueblo que ha nacido en las redes sociales y foros, impulsado por el
poder de agrupación de Twitter, ese gigante capaz de derribar muros de hormigón
que llevan ahí toda la vida. Gente apalancada capaz de mover y remover estados
de opinión como el que da vueltas con la cuchara por el plato sabiendo que no
se va a tomar el puré, porque no le gusta y por joder, que es una profesión muy
española y llena de valores, esa palabra tan prostituía en los últimos tiempos,
y no por el Madrid, sino por los que la utilizan sin saber que denota. Como si
Juanito o Don Santiago, a los que se les pone como representantes del jodido señorío
hubieran dudado en algún momento en tomarse una caña con Mourinho. Ellos fueron
los mauriñistas del pasado y entonces también se les embistió, pero no se
acuerdan. Precisamente al madridismo se le ha atacado este año dónde creen que
más le duele, en el señorío, ese dogal en el cuello para mantenerle callado
mientras las lunas de los autocares siguen rompiéndose al mismo ritmo que un
rapero entona la voz. Como si Buyo nunca hubiese tenido que tragar el humo de
los petardos que le tiraban en Pamplona, Hierro nunca se hubiese dado de
hostias con Rivaldo y Hristo nunca hubiera pisado en el muslo a Quique Flores. Por
eso el Madrid no sólo ha ganado la liga, ha goleado en la batalla mediática de
la Red, ha reclutado a unos activistas que vivían bajo las sombras pero que cada
vez tienen más peso, ha despertado a una parte del madridismo de girasol que
subía y bajaba del caballo a la misma velocidad que el metro no para por
Chamberí, ha plantado cara a una prensa contrincante que tenía el ochenta por
ciento de posesión en fabulaciones, ha conseguido la regularidad en un fútbol
que no se veía por el Bernabéu desde tiempos vetustos y lo más importante, ha
destronado por fin al Barcelona y mandado a Guardiola al sabatismo, esperando a
un nuevo Pelegrini para volver. Mientras tanto disfrutemos de Mourinho y este equipo
que ya regresarán tiempos peores, porque siempre vuelven, como el Madrid.
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