En el pensamiento de la mística guardiolesca el fútbol es un
deporte de once contra once en el que sólo juegan centrocampistas. Pero hasta el
propio Pep, de vez en cuando echa un borrón al relato de su figura y entre su
ideal de fútbol socialdemócrata y amigo de los niños pone a un delantero
centro. En el Barça el Messi es el todo y en España el todo no es un solista. Por
eso Del Bosque eligió mal, aunque en sus posaderas no se desprendiera ni una de
las flores que tiene pegadas como hipervínculos y como resultado el único que
marcara fuera el falso nueve. La suerte del campeón, esa que dicen. De no haber
ganado ni Eurocopa ni Mundial quién sabe si todos hubieran sido Salinas ante el
gol. Sin 9 todo es un infinito rondo y una invitación constante a apretarle las
tuercas al pase sin generar peligro. Por eso, mientras Italia tira de atajos
para ganar campeonatos España se tropieza con el gol entre el zumbido de sus
pases. Pirlo, que tiene un poco de español tiquitaquero y otro poco de italiano
recto, hizo fácil lo que otros pretenden hacer en fascículos. España reaccionó
como un amante a los pies de la cama gracias al pensamiento rápido de Silva. Al
marqués sólo le quedaba acertar con los cambios porque el equívoco ya cantaba
mucho, pero ni con esas. Navas salió antes, en suntuosa cabalgada para meterle los centros a las sombras de los
defensas italianos, porque por allí no había ningún delantero. España ensortijada
de rematadores y Del Bosque proyectando la peli antes que los tráilers. El que
salió finalmente fue el que lo remata todo, pero fuera. Ahí fue cuando el
protagonismo lo tomó Torres. El niño empezó a encontrar espacios con la misma
facilidad que un adolescente se enamora; abriendo defensas puso cordura al
ataque de la Selección pero Torres sigue sin ser Torres, sólo un primo lejano. Su
potencia sin definición empieza a ser tema de monólogos en Paramount Comedy. Y
encima el césped como un escalope pasado por el microondas. Pobre Xavi.
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