Apostar por España era, hasta un antaño muy cercano, exponer
los ojos ante un viento hirviente que hacía zigzag sangrante entre las cuencas
de los ojos, o lo que es lo mismo, hacer un ridículo de serie. Su cura más rápida era la de siempre, al fondo a la derecha, donde
la capilla. Pasaba un Mundial, llegaba una Eurocopa, y la selección seguía
siendo el mismo chiquillo falto de crianza por el que el olor a fracaso entraba
por las rejillas de la indiferencia de una nación que renunciaba al fiasco
anterior para invertir en uno nuevo. España acababa cada campeonato abrazando a
un mapa y explicándole entre sollozos que no creía en el destino. Ese que ahora
le ha devuelto la sonrisa a la boca, después de haber sido víctima de bulling y
de automutilación en muchos casos; la selección ponía siempre la mejilla
hoobbiana para recibir, la de ser mala por naturaleza. Ahora España es un
donjuán que sabe ganar hasta cuando no lo merece, como el concejal de urbanismo
que se encuentra con la bonoloto premiada. En todo lo que llevamos de Eurocopa
el juego de la selección –me niego a eso de La Roja- se ha enredado no sólo en
lo futbolístico, también en lo sentimental. Hasta los minutos finales de la
prórroga de ayer y los penaltis no noté a este equipo como mío, como lo que
había sido esa España que nos hizo repasar el árbol genealógico de Al Ghandur o
por la que algunos madridistas lloraban por la sangre de un Luis Enrique, vestido
de metáfora de guerra, que aun no había tomado el puente aéreo ni era el hijo
blanco de Amunike. Y todo el mundo sabe porqué este equipo ha sido abandonado
por una parte del merenguismo y secuestrado por el moralismo de la idea única
de juego, de quien precisamente no ha sentido a España nunca como suya.
Ayer muchos madridistas vivían una lucha interna entre
desear que ganara España, Portugal, Cristiano o que Pepe le atizara a Xavi, por
haber sacado la lengua a pasear más veces que la escoba. Pepe se equivocó otra
vez y le hizo un masaje chino con las rodillas a su compañero de club para que
no se olvide de él durante las vacaciones. Los gritos de “Messi, Messi” ante
los fallos de Cristiano no ayudaban a que uno deseara ir con los de rojo antes que
con los de blanco. Era como llevar la piel de un Urkullu encima. Finalmente,
como una obligación patriótica, España me hizo tragar el discurso catequista de
la Barsa-España, sobre todo, cuando los pilares de esta Euro están mucho más
cerca de Chamartín de lo que creían algunos. Ramos, Alonso y Casillas los más
decisivos de lo que llevamos; este último sólo, podría desmontar el argumento
del estilo, porque siempre le hacen aparecer. Al otro lado ya se ve a un Xavi
que gira el tobillo entre las notas musicales de Canción de Despedida. Los
hechos dieron por respuesta que se jugó mejor el tiempo que no estuvo en el
campo. Vicente sigue a lo suyo; lo de Negredo evidenciaba no saber lo que
quiere; lo de Llorente es ya para relato de ficción, ¿no tendrá Del Bosque
alguna sobrina en Bilbao que haya echado el ojo el rubito de Rincón de Soto? Y
entre ese tikitaka que intenta tapar un catenaccio moral llegamos a la tanda de
penaltis. Ramos metió las pulsaciones al bolsillo del calzón, que anoche
florecía más ancho de lo habitual. Digamos que se jugó su vida deportiva con la
determinación de un genio loco, y le salió. Destrozó el ingenio de eso que se
llama Twitter. Que descansen en paz sus chistes sobre el penalti fallado en la
caché de google. Fábregas, para repetir hazaña, lanzó el último que nos mete en
la final entre susurros al balón.