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"Me he gastado el noventa por ciento de mi dinero en alcohol y mujeres. Es resto lo he despilfarrado" (George Best)

lunes, 14 de mayo de 2012

Una liga irrepetible



A Mourinho le caen los récords como el confeti por sus canas, esos blancos mechones, como la pureza del club que comanda que ya ha hecho la mejor liga de su vida. Ha sido ésta una liga de calculadora científica- 121 goles-, de números redondos- 100 puntos- y sin clavos ardiendo. Sólo hubo un par de momentos donde parecía que el Madrid se acatarraba, lo que algunos aprovecharon para sacar un pasatiempo que es muy común entre el madridismo de barra de bar, la de coleccionar títulos y crisis en una misma semana. Pero cuando el campeonato apretaba esfínteres sucedió lo que los detractores  no esperaban que hiciera Mou, como ganar en el Camp Nou. Algo que no entraba en las quinielas y que derruía por completo el concepto de que para no ganarle a los culés ya estaba Pelegrini, con el que se vivía mejor en el pequeño país de ahí arriba y además hacía sobremesa en el Txistu. Eso, el concepto, señorío y tiempos majos de octavos de final. Hasta la llegada de Mourinho el enfermo fue dando tumbos hasta que se encontró con él. El enfermo era el Madrid, pero una vez lo fue el Oporto, otra el Chelsea y otra un pordiosero Inter que llevaba sin ganar la Copa de Europa desde que Dertycia, aquel protagonista de las ligas de Tenerife, mataba la sed con biberones. Antes de la llegada del portugués todo esto era campo, un recinto de egos siempre a medio construir, huérfano de un Claudio Abbado para mover la batuta sin la sensación de parecer estar matando moscas. Al míster que llegara al Bernabéu le regalaban el puesto sin contrato de permanencia, podía borrar con el codo lo que escribiera con la mano. La cuestión era hacer y deshacer, la sensación de que las cosas buenas no se repiten y las malas te queman el timbre como el cartero cabrón.

Ha sido también una liga de madridismo sumergido, de un pequeño pueblo que ha nacido en las redes sociales y foros, impulsado por el poder de agrupación de Twitter, ese gigante capaz de derribar muros de hormigón que llevan ahí toda la vida. Gente apalancada capaz de mover y remover estados de opinión como el que da vueltas con la cuchara por el plato sabiendo que no se va a tomar el puré, porque no le gusta y por joder, que es una profesión muy española y llena de valores, esa palabra tan prostituía en los últimos tiempos, y no por el Madrid, sino por los que la utilizan sin saber que denota. Como si Juanito o Don Santiago, a los que se les pone como representantes del jodido señorío hubieran dudado en algún momento en tomarse una caña con Mourinho. Ellos fueron los mauriñistas del pasado y entonces también se les embistió, pero no se acuerdan. Precisamente al madridismo se le ha atacado este año dónde creen que más le duele, en el señorío, ese dogal en el cuello para mantenerle callado mientras las lunas de los autocares siguen rompiéndose al mismo ritmo que un rapero entona la voz. Como si Buyo nunca hubiese tenido que tragar el humo de los petardos que le tiraban en Pamplona, Hierro nunca se hubiese dado de hostias con Rivaldo y Hristo nunca hubiera pisado en el muslo a Quique Flores. Por eso el Madrid no sólo ha ganado la liga, ha goleado en la batalla mediática de la Red, ha reclutado a unos activistas que vivían bajo las sombras pero que cada vez tienen más peso, ha despertado a una parte del madridismo de girasol que subía y bajaba del caballo a la misma velocidad que el metro no para por Chamberí, ha plantado cara a una prensa contrincante que tenía el ochenta por ciento de posesión en fabulaciones, ha conseguido la regularidad en un fútbol que no se veía por el Bernabéu desde tiempos vetustos y lo más importante, ha destronado por fin al Barcelona y mandado a Guardiola al sabatismo, esperando a un nuevo Pelegrini para volver. Mientras tanto disfrutemos de Mourinho y este equipo que ya regresarán tiempos peores, porque siempre vuelven, como el Madrid. 

martes, 1 de mayo de 2012

El beso del becario



A José Callejón no se le apareció Fátima cuando le dijeron que iba a ser futbolista como a Dani Guizá se le iluminó al alma cuando le dijeron que no tenía que ser albañil. `Calleti´ tuvo que escuchar en algún momento cuando ensanchaba el muslamen en alguno de los vestuarios de La Fábrica la frase lapidaria de Samuel Eto´o, aquella de “trabajar como un negro para vivir como un blanco”. Si no es así, entendió desde el principio que lo suyo no iba a ser la del becario que se bebe los cafés antes de llegar a la mesa del jefe. Quizá otros chicos de Motril buscaron el milagro bajando al moro a por otra religión para que algún día Agustín Herrerín les saludara al saltar a un terreno de juego. Callejón fue de los que entendió el mensaje antes y sabe que el mejor amigo del banquillo no es el que se resigna a dejarlo limpio con una nalga y llevarse el churrete en la otra. En la cara de José Callejón se perfila un rostro de jugador prenatal y granuja; en su actitud un canto a la prosapia, al temple de un delantero, extremo o mediapunta que no le pillan los radares cuando camina hacia el gol, al niño que sube las bolsas contenedoras de la comida más pesada y llega con las manos como Jesucristo escupiendo clavos entre las falanges. Callejón es futbolista como podía haber sido cocinero, ingeniero naval, alcalde de Marinaleda o picapedrero; capaz de hacer una paella con la yema de un huevo. Ese chico modélico que siempre espera su oportunidad, y si no la tiene, sigue esperando.

Muchos quisieron ver en su llegada a Pedro León reencarnado, como a ese tipo duro de banquillo desprendiendo una mirada cortante a su entrenador cada vez que se olvida de él en el último cambio, como si una mala experiencia fuera a repetirse tal quien sigue resolviendo pasatiempos a los que no encuentra sentido. Otros lo quisieron utilizar como complemento a las escobas de su peluquería cuando le vieron aparecer por primera vez con esa cresta de Paul Phoenix, la imagen de un resulón de barrio pendenciero, con las chanclas y los oros, que dista de la imagen de un Callejón que se ha ganado un puesto entre el último de la fila y el primero del banquillo. Ahí dónde cae la primera sombra en un estadio se encuentra el andaluz buscando su oportunidad entre un tridente de ataque que bate récords al ritmo que un plusmarquista cierrabares tarda en pedir la primera caña. Por eso su oportunidad de esperar no es eterna; no le hace falta esperar porque sabe que nunca será titular en un Madrid como este y que por ello debe aprovechar cada bocanada de aire que toma dentro del campo. Sus goles, en su mayoría, no han sido decisivos como los de Cristiano o Benzema, pero sí la perfecta guinda del Martini que acompaña a un buen vermú, de eso que sabe bien Guti. A veces se suelta la idea de que un suplente es un número más que va a quedarse excluido de la nueva nobleza; no para este muchacho. Cuando los minutos eran sobras Callejón salía de la cueva con el rostro marchoso abriendo huecos como quién cava zanjas, y lo más glorioso: metiendo goles. 13 de momento. José Callejón es el suplente modélico de Mourinho, el becario que llega para no marcharse; sus besos al escudo una copla de madridismo.