El miedo había llamado demasiadas veces a la puerta de un
equipo de espigados vuelos citado a hacer algo importante para la historia del
fútbol. Hasta ahora, un mismo embarazo no deseado, salvo una final de copa,
había sido la tumba que enterraba al Madrid en cada desafío ante el eterno
rival, más eterno que nunca en los últimos años, esa pesadilla que acosa al que
busca buenos sueños. El fútbol no es tanto táctica como sí control de emociones
y el grupo de Mourinho decidió aterrizar los miedos en el mejor escenario. Como
una patada en la boca en mitad de la trastienda del casino por contar las
cartas, en el momento exacto para escapar de los improperios de la prensa
quintacolumnista. Mourinho impuso el nuevo orden mundial sobre un tapete de
tintes rasurados, como les gusta en Can Barsa, tocando en la fibra con
inteligencia y sin la sensación de volver a caer en la insania tras el empate
de Alexis después de mil rebotes. En el momento elegido Cristiano provocó el
silencio como ese amigo que jamás traiciona, pegó un revolcón a los corazones
allí presentes y construyó un muro de esperanza, algo que hasta el momento no
habíamos visto: ganar en el Campo Novedoso. En semana de expropiaciones
Cristiano nacionalizó el trono del fútbol mundial, subió a lo más alto desde
que está en el Madrid, ese escaño que el fútbol le debe. Un fenómeno producto
de la natulareza frente a un fenómeno producto de laboratorio.
Fue el partido un grito a las reivindicaciones, un
suplemento especial guardado para los acusadores. Khedira y Coentrao rieron
como guasones, era su día, momentazo para coser bocas discrepantes. El sumun de
la ironía que el alemán hiciera el gol 109 y que el portugués le pusiera la
correa a Alves, que acabó buscando el hueso entre los valors y la humildat. El
otro depredador es Pepe, condenado por los novios del fúPbol a abandonar el
Madrid, los mismos que no ven el enorme
central que se esconde en la imagen que le han puesto de parricida que
descuartizó a su padre. Ofuscada una parte de la culerada que no soporta que el
fútbol-amor no triunfe como antaño, con un estilo como una cinta sin cara B,
esos diez tipos que se pasan el balón con el mismo riesgo que comprar bonos alemanes.
La insistencia de que el Barcelona debe morir fiel a un sobeteo que invita a la
cabezada ciega a quién no acepta que el fútbol no salió de la cuna en 2008 y
que la posesión no levanta trofeos. Usted es sospechoso si le gustan las
transiciones rápidas, la verticalidad, la quinta velocidad de CR7 por la banda,
la pausa de Benzema, los correcalles de Di María, los contraataques quijotescos
y los tres toques para plantarse en la portería rival. Gracioso, sí, pero el
mensaje ha calado en muchos. “No saben jugar al fútbol” escuché a un culé en
TV3. “Nosotros sabemos perder, somos así”, dice Xavi. “Al Barcelona se le gana
quitándole la pelota o trucando las condiciones”, señala ese mismo muchacho. Pues
va a ser que no. El Barsa muere con su estilo, dicen. Pues que siga muerto.