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"Me he gastado el noventa por ciento de mi dinero en alcohol y mujeres. Es resto lo he despilfarrado" (George Best)

domingo, 22 de abril de 2012

Volver a reinar



El miedo había llamado demasiadas veces a la puerta de un equipo de espigados vuelos citado a hacer algo importante para la historia del fútbol. Hasta ahora, un mismo embarazo no deseado, salvo una final de copa, había sido la tumba que enterraba al Madrid en cada desafío ante el eterno rival, más eterno que nunca en los últimos años, esa pesadilla que acosa al que busca buenos sueños. El fútbol no es tanto táctica como sí control de emociones y el grupo de Mourinho decidió aterrizar los miedos en el mejor escenario. Como una patada en la boca en mitad de la trastienda del casino por contar las cartas, en el momento exacto para escapar de los improperios de la prensa quintacolumnista. Mourinho impuso el nuevo orden mundial sobre un tapete de tintes rasurados, como les gusta en Can Barsa, tocando en la fibra con inteligencia y sin la sensación de volver a caer en la insania tras el empate de Alexis después de mil rebotes. En el momento elegido Cristiano provocó el silencio como ese amigo que jamás traiciona, pegó un revolcón a los corazones allí presentes y construyó un muro de esperanza, algo que hasta el momento no habíamos visto: ganar en el Campo Novedoso. En semana de expropiaciones Cristiano nacionalizó el trono del fútbol mundial, subió a lo más alto desde que está en el Madrid, ese escaño que el fútbol le debe. Un fenómeno producto de la natulareza frente a un fenómeno producto de laboratorio.

Fue el partido un grito a las reivindicaciones, un suplemento especial guardado para los acusadores. Khedira y Coentrao rieron como guasones, era su día, momentazo para coser bocas discrepantes. El sumun de la ironía que el alemán hiciera el gol 109 y que el portugués le pusiera la correa a Alves, que acabó buscando el hueso entre los valors y la humildat. El otro depredador es Pepe, condenado por los novios del fúPbol a abandonar el Madrid,  los mismos que no ven el enorme central que se esconde en la imagen que le han puesto de parricida que descuartizó a su padre. Ofuscada una parte de la culerada que no soporta que el fútbol-amor no triunfe como antaño, con un estilo como una cinta sin cara B, esos diez tipos que se pasan el balón con el mismo riesgo que comprar bonos alemanes. La insistencia de que el Barcelona debe morir fiel a un sobeteo que invita a la cabezada ciega a quién no acepta que el fútbol no salió de la cuna en 2008 y que la posesión no levanta trofeos. Usted es sospechoso si le gustan las transiciones rápidas, la verticalidad, la quinta velocidad de CR7 por la banda, la pausa de Benzema, los correcalles de Di María, los contraataques quijotescos y los tres toques para plantarse en la portería rival. Gracioso, sí, pero el mensaje ha calado en muchos. “No saben jugar al fútbol” escuché a un culé en TV3. “Nosotros sabemos perder, somos así”, dice Xavi. “Al Barcelona se le gana quitándole la pelota o trucando las condiciones”, señala ese mismo muchacho. Pues va a ser que no. El Barsa muere con su estilo, dicen. Pues que siga muerto.

jueves, 12 de abril de 2012

Cristiano, Rey Midas


  • El Atlético no pudo resistir a la genialidades del portugués que hizo otro hattrick
  • La historia del derbi se repitió con una gran segunda parte del Madrid

El fútbol es eso que transcurre mientras Cristiano Ronaldo marca goles y los derbis madrileños eso que el Atlético de Madrid nunca gana. A veces, por impedimentos psicológicos, por esa psicosis de inferioridad que le agarrota las piernas; otras, las más, por esa superioridad y talento del vecino que le mantiene a años luz de ser un problema para el Real Madrid. Porque el Atleti es la preocupación menos preocupante para el Madrid, la misma que la de un niño por tener que pelearse con Hacienda. La vida de los rojiblancos en los derbis pasa por repetir el mismo disparo en el pie, evitando rascar en la camiseta blanca como si a uno se le fuera a quedar el dedo pegado al intentarlo. Al preadolescente atlético le han contado una vez que al Madrid se le podía ganar, en esos mismos tiempos en los que un teléfono móvil servía para hacer pesas.

Precisamente ayer no había tiempo para pensar los años que el Atlético no le moja la oreja a los blancos. El Madrid tenía que salir del Calderón con los tres puntos para evitar infartos prematuros. En ese choque de variedades anímicas parecía que solo un tipo sabía lo que tenía que hacer. Cristiano Ronaldo tiró de talento, tiró de un apagado Benzema, tiró de Ozil, tiró de un lento Alonso, tiró de Di María, de él mismo, y lo más importante, tiró a puerta. Porque ahí estuvo la clave y ahí se desatascó un partido que empezaba a rechinar la clasificación. En la primera que tocó le hicieron falta, en la segunda también y en la tercera un penalti que no se pitó. En cuanto tuvo la ocasión de cañonear, lo hizo. Nadie quiere tanto a la pelota como el portugués y nadie le mete esos trastazos como él. Un canto al amor verdadero. Su golpeo de libre directo hizo esa parábola tan suya y Courtois se quedó silbando mientras el balón bajaba.

Primer bofetón al Atlético que había saltado al campo con la ambición de quién tiene un plan para comerse el mundo espoleado por una grada con la sangre siempre más caliente que los jugadores, pero pronto cedió la iniciativa al Madrid. Y ahí estuvo el problema en la primera parte. El Madrid también quería contraatacar, pero hoy no le tocaba. Dos no contraatacan si uno no quiere, y en esa faceta los de Simeone pillaron primero la idea, con Diego como la arteria por la que circula toda la sangre limpia y arriba el chico de los recados, un Falcao que lo remata todo. Antes del primer gol de CR7 el colombiano se citó con la portería pero siempre llegó tarde al encuentro, la pelota se fue con otro. Godín agredió a Pepe en el lanzamiento de un córner y el árbitro puso la mirada en el vacío. Esa sensación de que a Pepe se le puede devolver todas pero no perdonarle ninguna.

El Madrid había sesteado la primera mitad. Por el centro del campo no corría aire con un Xabi Alonso espeso dónde Khedira tomó más protagonismo, un Kaka con pérdidas constantes y unos laterales que no experimentaron ninguna subida con peligro. También Di María y Benzema se abrazaron a la desazón general del equipo, el primero con esa extraña creencia de ser el rey Midas y convertir en oro todo lo que toca. Disparó fuera tantas veces como quién repite los pasos de baile de una coreografía de Vagánova. El único rey Midas anoche fue Cristiano Ronaldo.

Mou movió banquillo al descanso metiendo a Ozil por Kaka, que había dado los mismos signos de vida que la batería de un smartphone. Tardó en reaccionar el Madrid y en esas aprovechó Falcao para empatar. Adrián le buscó por el segundo palo y ahí le encontró. El gol fue una bocanada de aire fresco para el Calderón, más ruido que otra cosa, porque cuando más pesimismo se respiraba en el madridismo por el miedo a un cuarto empate volvió a aparecer el de siempre, que a su vez es el mejor. En el 68 Cristiano agarró una pelota en la frontal y otro puñal a reacción se coló en la meta de Courtois. Presumió de muslo y de talento. Se echó el equipo al lomo, entró en velocidad de crucero y ya no paró. Tuvo un par de ocasiones más para salir con un saco de goles en el bolsillo. Porque él lo fue todo.

Para dar la puntilla apareció Godín que atropelló al Pipa.  La mujer barbuda de todos los derbis. Este año no le tocó a Perea. El penalti lo transformó Cristiano para quedarse a un gol de su propio récord en liga. Cristiano superará a Cristiano. Ahí se acabó el Atlético mientras  Callejón cerraba el partido con otra asistencia del portugués cuando los espacios ya eran cráteres. El suplente que mejor aprovecha los minutos de la liga. Esa tranquilidad de los partidos cuando se encarrilan sin la importancia de unos árbitros esotéricos que te obligan a golear. Así terminó otro derbi con la misma historia de siempre, la del preadolescente rojiblanco que no sabe lo que se siente al ganar al Madrid.

domingo, 1 de abril de 2012

Goles contra la inquina



Para el Madrid las victorias en campos hostiles ya no equivalen a desprender una espada de una roca. Se siente campeón entre brasas o entre abrigos. Tocaba ayer el más pesado, el Reyno de Navarra, infierno dónde uno se aprieta los dientes y se muerde la lengua, como si la grada invitara a un debate dialéctico. Una porfía sobre quien hace de tenor en el agravio hijoputesco. La pasión se confunde con bravata, como el inspector Santos confundía disparar a individuos con lanzar pétalos a la Esperanza de Triana. No habrá paz para los madridistas en el Sadar, ni dejando una manita en la cara del adversario. Entre la fauna que se puede encontrar por allí hay algo más que la presión intimidatoria hacia un equipo de fútbol. Detrás de esa banda sonora de insultos, salivazos y granizos de papel de aluminio hay unas caras inyectadas en odio. Pero odio del bueno, del que lleva pedigrí. Bien se explica que toda esa fobia a lo merengue rime con unos genes corrompidos de sangre batasunera. Ahí va todo junto. El que mama odio hacia España lo tiene que hacer hacia el Madrid. Sorprende, en tanto, que los límites de esa tirria lleguen al resto del estadio, como si todo lo malo de Navarra se juntara en un mismo sitio, a sabiendas que el resto de la comunidad no bebe del mismo vaso. Poco representa Osasuna a los navarros. Si hasta un niño tiene que aguantar los berridos de un deficiente con las venas del cuello como un cantaor de flamenco es que algo se hace mal en ese estadio. El remedio llegará tarde, como siempre.

El Madrid despachó rápido a Osasuna, como el camarero que quiere cerrar pronto. A los jugadores no les preocupó esta vez la emboscada vietnamita que se cocinaba desde el anfiteatro. Sólo fútbol. Lo puso todo el Madrid y los de Mendilíbar nunca dieron señas de poder frenar ese ímpeto del equipo blanco por ser campeón. El ruido lo provocaron tres bombazos en la primera parte. Goles con sello de calidad. Abrió el marcador Benzema entre la sonrisa de Marco Van Basten y a los pocos minutos apagó las calderas Cristiano con otro chicarrazo. Un buen azote en el culo de los que dejan los dedos marcados varios días, como remedio para acallar a la cuota de odio. Después se repartió con Higuaín los otros dos goles. Era un día hasta para quitarse los complejos; clavó, por fin Cristiano, un gol de falta. Parece mentira, que los dos empates contra Málaga y Villareal hicieran tanto daño en el devenir de una liga que ya estaba comprando billete a Cibeles. Seis puntos es una diferencia que  hace reír. Es poca. El único accidente se puede producir en el Camp Nou, otro desmayo sería enterrarse los pies en cemento. El Madrid acabó la jornada goleando en uno de esos campos donde no pretende ser amado. Goles son amores, menos en el Reyno de la infamia.